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Emilio Palacio

18 de marzo del 2016


Semanas atrás, el periodista argentino Jorge Lanata preguntó por Twitter: “¿El kirchnerismo fue un gobierno que se dedicó a delinquir, o una banda de delincuentes que trató de gobernar?”


No me quedó claro si lo preguntaba en serio o sólo con la intención de ridiculizar a la pareja de criminales que usurparon el poder en la Argentina para incrementar su fortuna personal de 7 millones a 100 millones de dólares.


Para mí, la pregunta de Lanata es muy importante. Desde hace nueve años vengo escuchando toda suerte de consideraciones sociológicas sobre Rafael Correa y Alianza País: “populistas”, “fascistas”, “comunistas”, “neoliberales disfrazados”. Ninguna me ha convencido, aunque todas recojan, lo reconozco, alguno de sus rasgos.


“¿Acaso no es evidente que más bien son una banda de delincuentes avezados, disfrazados de políticos?”, me dije a mí mismo muchas veces, sin profundizar realmente en el tema. Más urgente que bautizar a la plaga, me parecía, era difundir el remedio para exterminarla.


La pregunta de Lanata, sin embargo, me hizo volver al tema, y esta vez me puse a estudiarlo en serio. Así me encontré con la Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional, más conocida como la Convención de Palermo.


Dice la Convención: “Por ‘grupo delictivo organizado’ se entenderá un grupo estructurado de tres o más personas que exista durante cierto tiempo y que actúe concertadamente con el propósito de cometer uno o más delitos graves o delitos tipificados con arreglo a la presente Convención con miras a obtener, directa o indirectamente, un beneficio económico u otro beneficio de orden material”.


Tome nota el lector que la pandilla de ladrones que aterroriza su barrio no es un grupo delictivo organizado, según la Convención de Palermo, porque sus miembros se juntaron de manera fortuita, a veces no son los mismos, y no cuentan con una jerarquía y funciones claramente repartidas.


En cambio, Alianza País encaja perfectamente. Sus dirigentes no constituyeron un movimiento estructurado, con directivas y comités, para promover el comunismo (o el capitalismo, o la ideología que fuese) sino para repletarse los bolsillos. No construyeron carreteras, hospitales y escuelas (de mala calidad, ahora sabemos) para consolidar un proyecto político en serio sino para cobrar comisiones ilegales. No nos endeudaron hasta el cogote para financiar cierta vía al desarrollo sino porque la plata del petróleo no les alcanzaba para sus viajes de placer, sus fiestas y comilonas.


Rafael Correa y el intento de arrancarle 80 millones de dólares a El Universo; Ricardo Patiño y la Narcovalija; Vinicio Alvarado y los contratos con empresas de relaciones públicas; Alexis Mera y su participación secreta en el juicio contra la Chevron; Camilo Samán y sus exportaciones de urea. El asalto a los fondos del IESS, del ISSFA y de los gobiernos seccionales. Los dos aviones del presidente. Los sobreprecios. La “refinería” del Aromo. ¿Cómo debemos llamar a todo eso? ¿Operaciones políticas?, ¿o delitos para enriquecerse?


Los grupos delictivos organizados emplean un enorme poder de fuego y una violencia desproporcionada. Los garrotazos contra la oposición, los crímenes del 30 S, los asesinatos de Jorge Gabela y Fausto Valdivieso, la criminalización de las protestas sociales, la prisión de Galo Lara, no se hicieron con armas clandestinas sino con armas del estado, pero su propósito no fue imponer un modelo económico equis sino atornillar a esta mafia a la ubre de petróleo de la que mamaban.


Alianza País se presentó como el partido de los pobres, pero lo mismo hizo Pablo Escobar, que para llegar al Congreso de Colombia repartió dinero entre los más necesitados de Medellín, y la mafia italiana, que en sus orígenes se presentó como protectora de los desvalidos.


Muchos miembros de base de Alianza País desconocen las verdaderas intenciones de su organización, pero así ocurre también con las mafias que se disfrazan de sectas religiosas para encubrir el lavado de dinero y el fraude en gran escala. Alianza País, si se mira bien, es más una secta religiosa que un movimiento político, con sus cantos, sus rituales sabatinos, su fe ciega, su obediencia incondicional y su profeta.


Pero la faceta más triste de esta historia es el fracaso absoluto de esta mafia a la hora de gobernar, es decir, a la hora de llevar al país en determinada dirección. Nunca tuvieron eso en mente, y por eso acabaron arrastrándonos a un abismo, del que nos costará muchísimo salir.


Días atrás, el periodista Fernando Villavicencio propuso conformar una Comisión de la Verdad -cuando el correísmo haya terminado- para revelarles a los ecuatorianos todo lo que se hizo a sus espaldas. Conoceremos entonces la lista completa de delitos de esta mafia que quiso gobernar y no pudo: peculado, cohecho, concusión, enriquecimiento ilícito, narcotráfico, tráfico de influencias, testaferrismo, defraudación tributaria, defraudación aduanera, simulación de exportaciones e importaciones, encubrimiento, lavado de activos…